24 de Agosto del 2017

La potencia de un ballet que construye diversidad

La potencia de un ballet que construye diversidad

El Sipan es un grupo de danzas folclóricas integrado por jóvenes de Rosario. Hay chicos del centro, de la comunidad toba y descendientes de peruanos. Sus historias forman parte de “Los Movimientos”.

El sol de la siesta calienta las calles del barrio Bella Vista. En esa zona de Rosario, las casas de techos bajos se suceden una al lado de la otra pero en la vereda no hay gente, sólo se siente el rugir de autos y colectivos que atraviesan el sudoeste de la ciudad.

La traffic en la que viajamos deja de ser parte de la sinfonía de motores cuando estaciona a la hora justa en la dirección indicada. Nuestro destino es el Ballet Sipan, un grupo de danzas folclóricas integrado por jóvenes del centro, de barrios populares, chicos de la comunidad toba y también descendientes de peruanos.

Ellos son los protagonistas de la historia que vamos a grabar, nosotros el equipo de rodaje. Los productores y el director que hicimos el vínculo previo, ya conocemos a los chicos, pero el grupo técnico de fotografía, sonido y arte, todavía no. La categoría ellos y nosotros se irá diluyendo con el paso de los días, cuando equipo y ballet compartamos la merienda, conversemos entre escenas, cuando terminemos bailando en una ronda de tambores mientras comemos hamburguesas, pero eso no es lo que pasa ahora. Ahora somos extraños que tocan el timbre y esperan que alguien les abra la puerta.

Después de unos minutos se asoma una mujer bajita que al reconocernos dibuja una sonrisa en su rostro, una inmensa, de esas en las que se ven todos los dientes. El gesto le achina los ojos y con alegría, nos da la bienvenida. Patricia Mamani, es la directora del ballet Sipan, bailarina y maestra de música nacida en Juliaca, Perú, vive en Argentina desde hace más de veinte años y en los próximos días su ayuda en el rodaje será inmensa, nos pondrá a disposición su casa, su tiempo y la coordinación con los jóvenes que asisten al espacio y que acomodaron sus horarios para poder participar de la grabación.

 

 

En el recibidor del Sipan, un televisor mudo repite una y otra vez las imágenes del ballet en la fiesta de las colectividades. El receptor, acomodado sobre una pared, es custodiado celosamente  por dos figuras de madera, son indios tobas en tamaño real ataviados con taparrabos, vinchas de plumas y chalecos. La habitación es un pequeño museo adornado con máscaras peruanas, en un rincón, el rey Moreno y el diablo se disputan el lugar en las vitrinas ante la mirada atenta de un grupo de muñecos kollas. También hay innumerable cantidad de objetos en miniatura, artesanías típicas del Perú, banderines, medallas y coronas de las reinas y princesas de las colectividades.       

En esa suerte de altar, el equipo de rodaje se prepara, desenfunda con cuidado sus herramientas de trabajo y se alista para comenzar la jornada de grabación. Los chicos del Sipan van llegando de a poco, se acercan en moto, en bicicleta, otros están ahí desde el día anterior porque, como sucede muchas veces, se quedan a dormir en la casa de Patricia, es que en algunos barrios se hace muy difícil regresar a casa de noche.

El Sipan está lleno de historias de vidas, muchas de ellas teñidas por realidades adversas que conjugan carencias económicas con situaciones familiares delicadas. Los jóvenes de San Francisquito se mezclan con los del centro. Están los de la comunidad Toba de Juan José Paso y Travesía y también los descendientes de peruanos que nacieron en la Argentina. Entre ellos, chicos que crecieron sin conocer sus orígenes. Hijos de padres marginados que como estrategia de supervivencia optaron por no transmitir la historia familiar para evitar que sus pequeños sean discriminados por inmigrantes o por tener raíces indígenas.

El equipo de rodaje pretende registrar esa diversidad, esa mixtura exquisita de experiencias que confluyen en el Sipan y que se expresan en el baile, como un espacio que los iguala y les permite construir algo nuevo y distinto a lo que son individualmente.

Para eso, los acompañamos en sus ensayos, vivimos con ellos el frenesí de la presentación en el Teatro La Comedia, el apuro en los camarines, la vorágine de los cambios de vestuarios. Alternamos nuestra tarea entre la grabación de entrevistas y situaciones que nos permiten conocer a los personajes y construir el universo Sipan.   

 

 

A medida que van pasando las jornadas crece la confianza entre el equipo de rodaje y los jóvenes del ballet. Los chicos se animan a preguntar cómo funcionan las cámaras, cómo son los procesos de grabación, nosotros en cambio aprendemos sobre el festejo peruano y nos contagiamos de esa danza animada y festiva, intentamos fallidamente algunos pasos y nos vamos cantando cada día una canción pegadiza del Sipan.

La motivación que tiene el ballet para participar del ciclo nos permite explorar todas las apuestas que teníamos pensadas para el rodaje y es así como terminamos grabando una de sus coreografías en el Bosque de los Constituyentes, aún lidiando con temperaturas muy bajas y con lo incordioso que resulta bailar con botas tan altas pisando pasto húmedo en lugar del suelo firme de los escenarios.

El Sipan se entusiasma y entonces organizamos la caravana hacia el noroeste de la ciudad. Mudamos sillas, tablones, los trajes y las máscaras para la coreografía, parlantes, facturas para la merienda, infusiones calentitas para sortear el frío.

En la traffic viaja el equipo de rodaje, también sale un colectivo con todos los chicos del Sipan abordo y un auto más en el que viaja Patricia. Todos juntos hacia el Bosque de los Constituyentes para bailar la Morenada y grabar a los protagonistas hasta que el sol se caiga por detrás del horizonte.

 

 

 

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