COLOR NATAL

Sinopsis del ciclo

Una pintura dispara miles de relatos en aquellos que la contemplan. Pero detrás de esa obra de arte hay otro relato: el de sus autores, su entorno, la época que les tocó vivir, sus tradiciones, su legado. Los trece capítulos de este programa conforman un diario de viaje por los lugares y los personajes contemporáneos e históricos de las artes plásticas de Santa Fe. En este recorrido, se repasa la vida y obra de Fernando Espino, Lucio Fontana, Juan Grela, Ricardo Supisiche, Eduardo Serón, Augusto Schiavoni, Leónidas Gambartes, Manuel Musto, Juan Pablo Renzi, Emilia Bertolé, Julio Vanzo, Antonio Berni y la experiencia del grupo de vanguardia Tucumán Arde. El resultado es una muestra de un patrimonio rico, diverso y vital, puesto al alcance de nuestra mano, indispensable para entender el pasado y el presente.

 

13 capítulos de 28 minutos / 2011 / Arte / Cultura

  • Dirección: Federico Actis
  • Producción e investigación: Virginia Giacosa, Melina Torres
  • Voz en off: Aldana Moriconi
  • Guion: Federico Actis, Francisco Sanguineti
  • Coordinación de contenidos: Xil Bufone
  • Cámara y fotografía: Florencia Castagnani, Luciano Barrera
  • Sonido directo: Santiago Zecca, Juan Valesi
  • Postproducción: Ignacio Sánchez Ordóñez, Ignacio Roselló, Francisco Matiozzi, Valeria Bazzano
  • Postproducción de sonido: Alexis Kanter
  • Coordinación General: Cecilia Vallina / Producción General: Paula Valenzuela.
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El primer capítulo de Color Natal recorre la historia y la vida de Juan Grela: un pintor con una gran obra, prolífica y variada, que lo convirtió en un referente indiscutido de la pintura argentina contemporánea. Este artista, muy comprometido con su tiempo y su lugar, fue además uno de los grandes maestros de las generaciones que lo siguieron. “Siempre fue un buscador de la cultura que no había adquirido en la escuela”, dice el artista plástico Eduardo Serón sobre su obra. 

“Hasta el cincuenta, mi padre tenía la peluquería y cuando no había clientes iba a su cuarto atrás, en el fondo: lo usaba para pintar y dar clases”, recuerda a cámara su hijo, Dante Grela, sobre aquellas primeras épocas. Las voces de los artistas plásticos Julián Usandizaga y Rodolfo Perassi -alumnos de Grela-, Eduardo Serón, Mele Bruniard, Guillermo Fantoni y las del propio Grela se entretejen en la narración con la observación de sus obras y el juego de interpretaciones de sus pinturas y sus métodos de enseñanza para el grabado, el dibujo y la pintura.

La importancia del universalismo constructivo del uruguayo Joaquín Torres García y la marca del grupo Litoral tejen el resto de su historia, junto a su afiliación al Partido Comunista y con Antonio Berni como uno de sus primeros maestros. “He vivido conectado a mi propio medio social, he vivido conectado a lo que a pintura se refiere y a quienes habían pintado antes que yo aquí, porque ellos recibieron la misma humedad que yo del Litoral, el mismo calor. Todas estas cosas que habían sentido como personas eran las mismas que yo estaba viviendo”, dice Grela.

Fernando Espino es un pintor emblemático, oriundo de Santa Fe, que vivió alejado del reconocimiento y cuya obra permaneció oculta durante mucho tiempo. Las experiencias junto a Lino Spilimbergo, Juan Grela y Leónidas Gambartes tejen sus intereses, del mismo modo que uno de sus maestros, Ricardo Supisiche, le enseña técnicas y manejos dentro del arte y sus influencias desde las artes prehispánicas hasta el universalismo constructivo: el arte como forma de construcción social que orientó toda su obra.

Las técnicas, la búsqueda y la experimentación como constantes, que arrastran desde boletos de colectivos o una bandeja de fiambres quemada hasta dibujos de su propio hijo, se muestran con sus propios intereses, insondables, sensibles, donde reflexionar sobre la materia, y que fueron recogidos en un libro antológico de Hugo Gola, Juan José Saer y Hugo Padeletti que titularon “La trama de las apariencias. La pintura de Fernando Espino”.

“Sus trabajos, aparentemente espontáneos, son propios del conocimiento absoluto del arte de pintar, sin atarse a reglas, a academias ni convenciones”. Los testimonios de Irene Bercero, una investigadora de la obra de Espino, del coleccionista Carlos Deambroggio y de los artistas plásticos y críticos de arte Leo Scheffer, Abel Monasterolo y Domingo Sahda terminan por delinear una obra con texturas, fondos, figuras y superficies como tierras, óxidos o madera, siempre susceptibles de generar expresiones. “Las cruces y los números no son signos en mi pintura: son formas”, dice Espino.

El tercer capítulo de Color Natal retrata el trabajo, la vida y la obra de Eduardo Serón. Este artista plástico contemporáneo es, según los especialistas, uno de los pocos artistas verdaderamente concretos de Rosario. “Los colores llevan su tiempo. Algunos secan en un día, otros en dos, otros llevan mucho más tiempo”, dice el artista, rodeado de pinceles y recuerdos, desde su laboratorio-taller en la ciudad.

Serón, un perseguidor de las formas y también un profundo investigador de los colores, consumó una obra donde se cruzan la geometría y lo orgánico, la razón y la naturaleza, donde se erige la personalidad del artista. El empleo de planos y de geometrías aparentemente sencillas y los efectos cromáticos para trabajar el espacio son analizados, en este capítulo, por la artista plástica Mele Bruniard (también esposa de Serón), Juan José Cambre, Román Vitali, Marcelo Villegas y Roberto Echen.

“Cuando un ojo es sensible, él sabe que un color al lado de otro puede vibrar de distinta manera”, dice el artista sobre su experimentación y de qué modo ese descubrimiento le llevó al menos ocho años de probar texturas para darse cuenta del fenómeno. El orden y el caos se unen en un universo expresivo, con reminiscencias que se relacionan con artistas concretos de Buenos Aires o, incluso, con la obra de otros plásticos europeos que lo anteceden como Piet Mondrian o Max Bill. La “Serie de las señoras formas”, “Prestigio de lo absoluto” y “La felicidad es redonda” son las más importantes y trascedentes de su obra.

La obra de Ricardo Supisiche se inspira en el paisaje de las islas y la vida de las tierras cercanas al río Paraná: este es el eje que narra este cuarto capítulo de Color Natal. La obra del artista santafesino abarca una pintura casi despojada, construida con pocos elementos pero que establece un diálogo profundo con el observador. “Yo creo que el paisaje, para Supisiche, era su vida”, dice la restauradora María Gabriela Leiva Cullen.

El artista mantuvo siempre una gran admiración por la pintura americana, aunque nunca se dejó influir por el arte indígena y, en cambio, los colores terrosos del Litoral lo cautivaron con el espíritu de esta parte del continente. “Sus paisajes también daban una sensación de misterio y de soledad”, reflexiona Norma Guastavino, artista plástica discípula de Supisiche. El equilibrio con sus colores, sus formas, sus espacios y figuras se complementa, en toda su obra, con las estocadas que daba con trozos de maderas que tallaba con un sacapuntas.

El galerista Guillermo Aleu y Marilde Gurdulich, ceramista y también alumna del artista, demuestran con sus testimonios la evolución de este pintor: desde la figuración de sus primeras obras hasta la síntesis metafísica y trascendental de sus pinturas finales. La artista plástica Cristina Lasso aporta diferentes herramientas para pensar, por su parte, la mirada hacia lo hermético y el misterio en su obra, influenciadas por la pintura metafísica italiana.  

Leónidas Gambartes es el protagonista del quinto capítulo de Color Natal. Las historias y las leyendas que se tejen sobre la tierra, la memoria y el Litoral, se cruzan en la obra de este gran artista con las imágenes de una América ancestral tamizadas por una sensibilidad contemporánea: los retratos de un mundo mitológico que a veces se nos presenta como real. “Un artista como un revelador de verdades esenciales consustanciados con las gentes a las que, de alguna forma, representa”, decía este artista sobre sus labores.

El director de cine Simón Feldman lo retrató en 1960 con su oficio de dibujante cartógrafo por la mañana y, ya por las tardes, en su pequeño taller de pintor. Esas imágenes se intercalan con sus búsquedas, los mitos y las leyendas de aquellos personajes suburbanos que tanto buscó retratar en sus paisajes interiores. La importancia de Joaquín Torres García y el Universalismo Constructivo, como una influencia que marcará una nueva etapa en su obra, también se dan por los intercambios junto a Antonio Berni, con quien en 1934 fundó la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario. En 1950, junto a Juan Grela, fundó el Grupo Litoral, en la búsqueda de una identidad artística regional.   

Las voces y los testimonios de quienes lo conocieron, como sus hijos Hugo y Betty, su viuda Beatriz Obeid de Gambartes, su amigo Carlos Saltzman, su ayudante Orlando Belloni, el artista plástico Max Cachimba y la crítica de arte Nancy Rojas integran esta nueva emisión de la serie con una estética que Gambartes, realmente, se proponía con un cambio para toda la sociedad: “La búsqueda de una identidad, algo que contar”.

El sexto capítulo de Color Natal indaga en la obra de Tucumán Arde, un colectivo de artistas de vanguardia que en 1968 lanzó sus propias proclamas y llevó a cabo la experiencia de romper con el aislamiento del arte en la sociedad burguesa con un solo fin: devolverlo a la vida de los hombres. La gesta de Tucumán Arde fue pensada como “una obra de contrainformación” para poner en agenda la situación que se vivía en aquella provincia del norte por el cierre de veinte ingenios azucareros y denunciar la opresión de la dictadura vigente, y se realizó en la CGT de los Argentinos de Rosario, entre diferentes grupos de artistas de Rosario y Buenos Aires, provenientes de distintas corrientes. 

Este conglomerado de artistas, que apeló a una nueva forma de hacer arte, inspirada en el Ciclo de Arte Experimental en Rosario de 1968, lejos de los modos individuales, ahora anónimos y colectivos, fue en la búsqueda de un nuevo público, “un público de la calle”, ajeno a la élite del campo artístico. La búsqueda de connotaciones más concretas se tradujo en la opción por un registro documental y el predominio de la dimensión informativa sobre la estética. “Pensábamos que necesitábamos un nuevo lenguaje, o nuevas formas de decir en el arte”: esto es, resumieron, la incidencia en la realidad, influir en las condiciones de la existencia. 

El cartel o el afiche político, la presentación directa de testimonios, la imagen fílmica o fotográfica se erigieron entonces como las nuevas herramientas de trabajo por parte de este grupo. En este episodio, las voces de artistas e integrantes de aquel movimiento como Graciela Carnevale, Norberto Puzzolo, Margarita Paksa, Noemí Escandel y Rodolfo Elizalde, dan testimonio de la fuerza de aquellos tiempos y narran, en primera persona, sus cometidos de entonces.

El capítulo dedicado a este gran artista, nacido en Rosario en 1905, recupera las distintas etapas de su producción y pone en valor la diversidad de rasgos de toda su obra, entre los que se destacan una fuerte experimentación ligada a las vanguardias del siglo XX, en Europa y en América latina, junto a una mirada sensible frente a las desigualdades sociales de su propio país. Las voces y los testimonios de los críticos de arte Adriana Lauría, Rosa María Ravera y Guillermo Fantoni, del artista plástico Luis Felipe Noé y del mismo biógrafo de Berni, Fernando García, recorren este programa  con la pintura, las ideas, las formas, las texturas y los materiales de toda su obra: Berni como un alumno eterno de sus propios procesos.

“Berni se nutría del arte joven, y de las impresiones de los jóvenes”, dice Lauría. Niño prodigio, aclamado por la crítica --con una primera exposición a los 14 años--, avanzó hacia nuevas etapas con las experiencias de sus viajes por Europa, el pensamiento de izquierda y la formación social. La impronta del Surrealismo, que desplegará en su regreso a Rosario, y que cambiará su modo de ver y percibir el arte también darán forma a otros comienzos. “Berni siempre quiso mantener esa tensión entre estética y política”, explican. En este sentido, la creación de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario y la visita de David Alfaro Siqueiros a la Argentina fomentan su acercamiento al muralismo y su resignificación de este gran arte.

Los recursos posibles se hilvanan, en esa etapa, con obras como “La manifestación”, “Los desocupados” y “La medianoche en el mundo”, no como un objeto de delectación y para discurrir en museos o galerías sino para ser situados en coyunturas y lugares de conflictos. Su militancia en el Partido Comunista y su preocupación por los problemas sociales no menguan los premios ni la proyección internacional, como el que obtuvo en 1962 en la Bienal de Venecia.  “Yo, con Juanito Laguna, le puse nombre y apellido a una multitud de anónimos, desplazados, marginales y los convertí en un símbolo”, dice el gran pintor.

Las sutiles alteraciones en la anatomía de los cuerpos, las formas de los objetos y el uso del color como recurso poético le dan a la obra de Augusto Schiavoni una identidad única que lo ha llevado a convertirse en un referente de culto entre los artistas y los críticos. El capítulo cuenta con la narración de artistas plásticos como Silvia Lenardón, Michel Siquot, Claudia del Río, Daniel García, la investigadora Sabina Florio y la curadora María Eugenia Spinelli.

Las figuras despojadas, realistas, con pocos elementos, son características de un artista excepcional. “Tiene signos en sus pinturas, por ejemplo, con sus sobretodos, hasta las solapas están deformadas, y tienen personalidad”, dice Siquot. El respeto a la profundidad convencional, las figuras, los colores y los planos, mantiene una singularidad que subyace en los violetas, azules y rojos de su pintura.

Una identidad propia y alejada de las propuestas estéticas de la época, que no quiere ni pretende dibujarlas de una manera canónica, no sólo pertenecen a su búsqueda: también en las influencias de Paul Cezanne, de la pléyade de maestros con quienes se formó en Italia, y de sus amigos Emilio Pettoruti y Manuel Musto, con retratos individuales, naturaleza muerta y paisajes propias de este lado del mundo. 

Relacionado con el movimiento impresionista, Manuel Musto marca su búsqueda, ensimismada por encontrar una identidad propia, lejos de las vanguardias, pero también de los ámbitos académicos. La búsqueda entre la unidad y la armonía del cuadro, en el encuentro entre la tradición y lo moderno, hacen de su obra un objeto deseado. “Él maneja la luz, su dinámica, pero arma un impresionismo con características propias”. 

Los testimonios de las artistas plásticas Claudia Del Río y Eladia Acevedo, la investigadora Sabina Florio, el coleccionista Maximiliano Masueli y el director de la Escuela Municipal de Arte Manuel Musto, Daniel Andrino, conforman un entramado donde las voces se tejen para narrar la obra de este artista del barrio de Saladillo, alejado de los microclimas de la época en Rosario o de la vanguardia de Europa: “Es un artista que pinta las cosas sencillas que hay alrededor: sus gallinas, su casa, su patio”.

Sin embargo, la herencia de Manuel Musto –para el arte y la plástica de la provincia de Santa Fe– se funden más allá de sus pinturas: el edificio donde se montó su escuela de arte en su casa-taller (“para que artesanos y obreros pudiesen cultivar su espíritu”), un premio estímulo a las artes, y los alumnos que se formaron en sus talleres son quizás el segmento más rico de esa herencia, del mismo modo que sus ideas y las pasiones que lo circundaron. “Todo verdadero artista debe estar consustanciado con su mundo”, aseguraba.

Lucio Fontana, un artista nacido en Rosario y uno de sus máximos referentes de las vanguardias del Siglo XX, se erige como un gran interlocutor de los artistas locales como el Grupo Arte Concreto Invención. Sus primeros aprendizajes con su padre en la escultura funeraria local, su residencia en Milán –el centro de la vanguardia e Italia--, su consagración con el primer premio en la Bienal de Venecia, y los cambios que su obra operó en las artes plásticas se tejen en este nuevo capítulo de Color Natal con la mirada de sus principales investigadores. “Dentro de una línea en la que se puede pensar el arte, Lucio Fontana hizo un quiebre a nivel internacional”, dicen.

Lejos de los cánones de los géneros, el quiebre de los paradigmas y los lenguajes del arte (“Ni escultura, ni pintura ni objeto. Yo quiero un arte tetradimensional, hecho de luz, sonido, movimiento”, decía), sus inicios con el oficio de la escultura, los años siguientes con el concepto de “tajos” y “agujeros” desde donde hacer su revolución en el arte, se presenta como una de las rupturas de su denominado “concepto espacial”.

Su obra fue un aporte diferente a la pintura, la arquitectura y la escultura del Siglo XX, innovadora y personal, que rompió con la lógica trascendente del momento, y es analizada en este capítulo por los artistas plásticos Marcelo Villafañe, Marcelo Villegas, Mauro Machado y Horacio Zabala, y la investigadora Claudia Laudanno, quienes remarcan, sin dudas, sus principales rasgos y la fuerza de su pensamiento con su obra-instalación: el comienzo de una nueva vanguardia.

Julio Vanzo, uno de los pintores más importantes de las primeras décadas del Siglo XX en Rosario, fue autodidacta y explorador de todas las técnicas y vanguardias de su época. Su obra quedó registrada en edificios de la ciudad como la residencia de la familia Martínez Carbonell, el bar del Sanatorio Británico y el entramado sobre una de las escaleras de la Galería Rosario. Quizás responsable de la llegada del modernismo estético a Santa Fe y muy comprometido con el rol social de las artes, con su época y su lugar, Vanzo pensaba que el movimiento era el principio de todo.

Sus principios como ilustrador en revistas y periódicos locales, y como dibujante publicitario, las principales caricaturas en una primer muestra de 1919 con personajes de Rosario, sus dibujos en tinta y lápiz con carácter experimental, hilvanado desde el Surrealismo hasta el Cubismo, entre todos los movimientos de la vanguardia de Europa, se topan también con su avidez por conocer todas las corrientes del arte, y su participación en la gestión progresista de Hilarión Hernández Larguía con el Museo Municipal de Bellas Artes.

Su obra es analizada por su propia sobrina, Mercedes Naidich, por el artista plástico Marcelo Villafañe –también discípulo de Vanzo--, el crítico de arte Fernando Farina y las historiadoras del arte Lorena Mouguelar y Marta Romero. “Pinto como he vivido, dentro de una terrible realidad”, dijo este gran amigo de Lucio Fontana, con quien también compartió taller por más de quince años, pese a la admiración y la polémica que también frecuentaron.

Juan Pablo Renzi, un artista virtuoso y comprometido con el arte de su tiempo, se erige como una pieza clave para entender los movimientos estéticos en Argentina durante la segunda mitad del Siglo XX. Según sus propias palabras, en su producción artística (tan cambiante e imposible de agrupar como el tiempo en el que le tocó vivir) la unidad estaba en los límites, en la voluntad de probar al máximo su capacidad productiva y en explorar todos los ángulos de búsqueda posible.

La impronta de sus maestros –como Juan Grela–, y de la pintura como un lenguaje, fueron formadoras para Renzi. Del mismo modo que la época en que desarrolló su trabajo, a principios de los sesenta, su obra estuvo marcada por los movimientos sociales y políticos y los vaivenes de los gobiernos y las dictaduras, por su participación en la performance Tucumán Arde (“Un acontecimiento estético-político caracterizado por crear un espacio donde se mezclaban discursos diferentes: visuales, auditivos, etcétera”, según el mismo Renzi), y la necesidad de llevar el arte desde las galerías y los museos hacia los sindicatos y la calle.

“Hay una tradición familiar con relación a la pintura: porque mis abuelos también fueron pintores, profesionales, de oficio”, recordó Renzi en un documental. Las entrevistas recorren las voces de los investigadores y conocedores de su obra: la crítica de arte Xil Buffone, el galerista Alvaro Castagnino, la curadora Teresa Constantin, Daniel Samoilovich y su esposa, la crítica literaria y esposa de Renzi, María Teresa Gramuglio, que narra las labores de su compañero en el diseño y la publicidad de distintas producciones como el Diario de Poesía.  

Artista exquisitamente sensible y femenina, que con su talento supo abordar no sólo la pintura sino también el arte de la escritura, Emilia Bertolé es presentada a través de una serie de imágenes que involucran al espectador y que abren un espacio inesperado en el mundo del arte. “Pienso que la creación más perfecta de la naturaleza es la humanidad. Por eso no deseo hacer otra cosa que retratos”, solía ejemplificar sobre su obra.

El último programa del ciclo Color Natal narra la vida de esta mujer que desde muy pequeña tuvo la facilidad de dibujar y pintar. Aparecen así las espátulas, las paletas y los pinceles para sus retratos por encargo, la serie de autorretratos --teñidos por rostros y manos que colman su obra-- y las revistas donde trabajó como ilustradora (“Sintonía” y “El hogar”), experiencias todas que marcaron su carrera.

Las voces del director del Museo Municipal El Trébol, del periodista Chacho Pron, del director del Museo de la Ciudad de Rosario, Raúl D'Amelio, de la investigadora Adriana Armando, y de la sobrina de Bertolé, Cora Cané, muestran con sus relatos la mirada de una artista, bellísima y talentosa, en el principio del Siglo XX, su llegada a Buenos Aires y el ingreso a un círculo selecto donde las mujeres aún tenían un acceso vedado, con Oliverio Girondo, Alfonsina Storni, Berta Singer o Federico García Lorca como sus testigos, allegados, en ese tiempo de crecimiento y aprendizajes.

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